Trama 7 – Enigma (2/2)
Como ven, lo que empezó siendo una historia de sesgo científico tomó los visos de una historia de detectives y el protagonista era yo. No podía contar con nadie, porque nadie me hubiera dicho la verdad y la frágil salud de mi madre me impedía que ni sacara el tema.Un día, en casa, con mi madre ingresada y mi padre avisando que se quedaría en el Hospital hasta muy tarde, lo regiré todo. Recuperé todos los recuerdos, en forma de fotografías y documentos. Con la seguridad de las leyes de la genética, asistía ahora al montaje de unas fotografías de mi madre con una abultada barriga, en un cuerpo que no había engordado ni el mínimo gramo. Con la inocencia pueril, alguna vez pregunté por qué no había fotos de tía Laura en mi nacimiento y en los meses que los precedieron. La única respuesta había sido de mi padre, en plan burlón: —Tu tía se nos hizo hippie y se nos fue de casa casi un año. También reclamaba yo que me hubiera gustado que mi madrina fuera ella, y no mi abuela, que para mayor inri y en propiedad no era mi abuela, sino la segunda esposa de mi abuelo, madrastra de mi madre, Júlia, y madre de mi única tía, Laura. En apariencia todos los papeles (certificados de registro civil, libro de familia, hojas de ingreso en la clínica) daban fe de que mi madre me había traído al mundo, a la edad de 37 años, cinco años después de casarse.
Investigando llegué a registrar el secreter de mamá, un bonito escritorio de nogal cerrado con llave. Lo encontré abierto, no obstante, y me llamó la atención un cuaderno sellado con un mecanismo de seguridad con la combinación de seis letras de entre las 27 letras del alfabeto. Probé suerte con mi nombre, E-U-G-E-N-I, y pude abrir el libro. Lo que leí allí aún me afecta hoy en día. Parecía un relato decimonónico:
Mi tía Laura, doce años más joven que mi madre, se enamora apasionadamente de su atractivo ginecólogo, recién llegado de Zaragoza, con la ilusión de comerse el mundo en la ciudad condal. En los planes de mi padre consta implícitamente el casarse para obtener un buen nivel de vida, y especialmente emparentarse con los Codina y mi abuelo materno, que, no en vano, regentaba una clínica particular. Mi abuelo reacciona inusitadamente diciendo que la pequeña no se casa y que la primera boda de sus hijas será la de la pubilla Júlia, hija de su primera esposa y heredera universal, exceptuando la legítima. Mi padre acepta el vergonzante trato y, a las semanas de la ceremonia, Júlia Codina, prisionera en su nuevo angosto mundo doméstico, percibe con estupor que su hermana es la amante de su marido y que, más o menos (más menos que más), cuidando las formas, se citan a escondidas. Cuando la situación se hace insostenible y mi madre decide agarrarse a su última dosis de orgullo y de amor propio, y planea la separación y divorcio, unos análisis rutinarios le confirman su esterilidad. Un costoso tratamiento de fecundación asistida en la Dexeus no da resultados, pues morfológicamente su útero muestra la imposibilidad congénita de un implante de óvulos. Obsesionada por la idea de su hijo, habla con su hermana Júlia y, a cambio de renunciar a la exclusividad de su marido, le pide el favor de que tenga un hijo para ella. Mi padre, Santiago, lo apañó todo y él mismo me trajo al mundo y me cortó el cordón umbilical, arreglando todos los documentos oficiales.
Y aquí me encuentro yo: con mi secreto. En los descubrimientos científicos, como en las novelas policíacas, siempre hay un dato, una variable perdida que acaba confirmando una hipótesis o que desenmascara al culpable. Aquí no hay descubrimiento ni culpable. He perdido mis raíces, mis referencias, pero la vida continúa…


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