Trama 5 – Huida (2/2)
A Pedro le gustaba ser pillado más que perseguir, y se esforzaba mucho para no ser de los primeros atrapados y, en la próxima partida, él tener que pillar.Quizás por este motivo ya no sintió la misma emoción ni sensaciones cuando, un poco mayor, el resto de muchachos pretendían sustituir el “pilla-pilla” por el “pilla-besos”, a la caza de chicas para recibir como premio estampar un casto ósculo en la mejilla de la fémina atrapada.
Por esa época, la escena de huida se materializó en forma de pesadillas que, con periodicidad breve, no lo abandonarían nunca más. Pedro soñaba con una persona que lo perseguía y él, impotente y atenazado por la propia angustia, finalmente era capturado. Con el tiempo, cuando el sueño se fosilizó en un esquema de no dar la cara y no afrontar a quien le intentaba dar alcance, el rostro borroso del perseguidor, en el momento de la captura, acababa adquiriendo los rasgos inequívocos de su madre.
Los sueños y la realidad acabaron confundiéndose el día de sus cumpleaños, el de sus 39 años, cuando decidió pasarlo bombardeando la fachada impoluta del MACBA. Sólo a él se le podía ocurrir un acto tan descabellado, temerario e irracional, a plena luz de la tarde. Los demás, de edades comprendidas entre los 12 y los 16 años, seguían fielmente las órdenes de su líder indiscutible.
Por eso, cuando Pedro se percató de que una patrulla de la Guardia Urbana los pilló in fraganti, apenas se le ocurrió una desesperada huida para atraer toda la atención sobre él. Con el tiempo justo de calzarse los patines, el casco y unas rodilleras provocó a los agentes para que fueran detrás de él y la chiquillada pudiera escaparse. La destreza del contumaz patinador provocó que despistaran la atención del resto de jóvenes. A punto de ser atrapado, el veloz impulso de arranque y de avance desconcertó a los urbanos, que sólo pudieron poner en sobreaviso a otros miembros del Cuerpo de que un patinador había tomado la calle del Carmen a su izquierda con dirección a las Ramblas. Pedro era un prodigio encima de los patines: con dobles S evitó obstáculos —coches y peatones—; giros cruzados le hacían mantener la velocidad; o sortear bordillos, tapas de cloacas y unas bolsas de basuras mediante acrobacias de salto, e incluso se vio obligado a deleitar a un nutrido número de extrañados e improvisados espectadores en su entrada triunfal en las Ramblas, manteniendo el peso sobre la pierna de delante y levantando el patín posterior, girando la puntera hacia fuera para asegurarse de colocar el piel de tal modo que aminorase la veloz carrera con el canto interior de las ruedas y no con la guía de los patines.
Él ya era sabedor, como en los juegos de patio de su infancia y en sus pesadillas posteriores, de que indefectiblemente sería atrapado. Resultaba vital, sin embargo, arañar minutos, segundos de apasionante aventura. Pero Pedro nunca hubiera imaginado que el final de su inútil huida sería una moto, cuyo conductor no mostró los reflejos suficientes para esquivar a aquel loco con patines.
La colisión sumió a Pedro en estadio de grave inconsciencia. A final, después de varias horas, la primera imagen de Pedro al despertar fue un rostro difuso que acabó perfilándose en los rasgos inequívocos de su madre, empapados en lágrimas.


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