lunes, junio 11, 2007

Trama 4 – Rescate (2/2)

Se despertó empapado en sudor y con el firme cometido de salvar a su prima, cuanto antes mejor. ¿Pero dónde buscar? Miró a su alrededor y observó por primera vez que aquella caverna se adentraba en el interior de la montaña. Con paso firme, y con la única luz de sus confianza ciega en el objetivo trazado, fue discurriendo por aquel laberinto de galerías. Empezó a sudar por el esfuerzo realizado y una sed desesperante ardía en su garganta. La incertidumbre empezaba a socavar la certeza del muchacho, pero intentaba no pensar y escupía la saliva reseca de la comisura de los labios. Aquejado por una fiebre alta, alcanzó una sala de las grutas. Y en una de sus paredes, totalmente a oscuras, supo que se encontraba clavada su lanza. Pretendió desclavarla con fuerza, pero luego de llegar a ciegas empuñó aquel arma y los esfuerzos resultaban en vano. Sólo después de mentalizarse con la obsesiva idea de que aquella lanza estaba reservada para él, como único elegido, la lanza cedió, como si tratase de una cuchara hundida en mantequilla blanda. Nada más hacerse con ella, de donde la punta había estado totalmente soldada, empezó a brotar un chorro helado de agua. Guiado por el frescor y el ruido, acercó los labios para empaparse de aquel líquido; pero en ese justo instante, una medalla de su fe empezó a describir un movimiento oscilatorio, como de vida propia. Recordó las palabras del ermitaño y dejó de agacharse. En posición firme, cerró los ojos y cuando los abrió, ya estaba afuera de aquel mundo subterráneo. Allí, al aire libre, se encontraba el más majestuoso corcel: ¡qué porte en aquella belleza de blanco intenso!

Dragón no se había atrevido a desvirgar a su prima. Se había limitado a encerrarla y aguardar a mejores tiempos para marcar un casamiento beneficioso o un suculento rescate; pero el caballo blanco de Jorge poseía la excepcional característica de hacer girar el tiempo a la inversa. Durante casi siete días con sus respectivas siete noches estuvo cabalgando nuestro héroe, describiendo círculos, sin más alimentos o bebida que la fe en la aventura.

—¿Cómo has llegado tan rápido? A nuestra prima no le va pasar nada, pero yo voy a ser rey de las tierras de su padre —interrogó y comentó Dragón a Jorge, mientras se percataba de lo ridículo de aquel atuendo de caballero rescatador de su hermano—. Un consejo, hermanito, vete por donde has venido.

Dragón recordaba aún lo frágil que era su hermano, incapaz de mal alguno y con una torpeza encantadora a la hora de empuñar un arma.

—Te reto a un duelo. Si me vences, podrás matarme o someterme a la peor de las afrentas. Pero si venzo, quiéralo Dios, dame la palabra de honor que nos dejarás marchar y no nos someterás a ninguna represalia —lo desafió en público Jorge.

Dragón pensó en la diversión que le sobrevenía. Con aquella facha de su hermano, la de caballero desnutrido y que hubiese cabalgado durante días y noches, iría a ser muy fácil el simulacro de una pelea. Se veía, como siempre, vencedor ante su hermano menor. Bastaría vencerlo para ponerlo en ridículo y que escarmentara por siempre jamás.

La justa se acordó que fuera con lanzas en ristre y en tierra se usaría la espada. La primera embestida tomó desprevenido a nuestro héroe Jorge. En el momento del impacto, dudo, como si desconfiara de su lanza y caballo excepcionales. Este descuido se le tradujo en que la lanza de su hermano le pasó ronzando el hombro izquierdo produciendo una aparatosa herida superficial y abundante hemorragia. El escozor del rasguño despertó a Jorge, quien empuñando la lanza con cierta rabia acometió sin reservas contra su hermano. La lanza astilló en mil pedazos la rodela de Dragón, quien impulsado por el golpe comió (y no sólo literalmente) el polvo. Ante la presencia del concurrido público, Jorge obligó, acercándose la lanza peligrosamente a la nuez del cuello de su hermano, a que gritase en voz alta los acuerdos previamente pactados.

Y así fue cómo Jorge y la princesa regresaron a casa sanos y salvos. De vuelta por la cabaña del ermitaño, Jorge se acercó al venerable anciano y, al hincarse de rodillas, le dirigió una plegaria.

—Sois vos el “santo”: ¡alabado sea el señor, que os ha escogido! Yo no soy digno de permanecer en pie en vuestra presencia, caballero del Ungido.

Jorge liberó el corcel blanco por aquellos prados. A quien le sea reservado de nuevo alcanzará la inmortalidad, porque cabalgando de noche puede descontar el tiempo gastado durante el día.

La lanza la clavó en tierra con toda su fuerza. Se hizo el milagro, porque la vara creó raíces y se convirtió en frondoso rosal de rosas rojas, tan rojas como la sangre de su herida, ya coagulada.

En el castillo del rey, en los aposentos reales, en su cama regia, yacía moribundo el monarca, quien al ver a Jorge vencedor y a su hija de vuelta, afirmó en su último estertor:

—Ahora puedo morir feliz…

Y así acaba la historia. No hubo boda, pero fueron felices comiendo perdices. Jorge, obedeciendo a su voz interior, abandonó el reino a la búsqueda de la palabra de su Dios. Su fama de caballero ideal fue trocada por la del hombre más sabio de su época. Aprendió latín, griego y árabe, y encontró los manuscritos que encerraban toda la sabiduría de la antigüedad, además de su fe. La princesa trajo al mundo a un bello varón, fruto de la semilla de Jorge, quien a su vez obedecía los designios divinos en aquellos momentos en que, conocedores de que aquel equino descontaba el tiempo, se solazaban en maravillosos locus amoenus. La regencia de aquella mujer, en apariencia frágil, hasta la mayoría de su hijo se registra en los anales y libros de historia como una época de firmeza en las decisiones y a la vez en unos tiempos donde la monarca en funciones tuvo que interceder por los abusos hacia su pueblos a manos de despiadados aristócratas. De su hijo la Historia recuerda su magnanimidad y autoridad, sin autoritarismos.

Y a mí —a quien el destino me deparó el registro fidedigno de estos hechos narrados, por otra parte, injustos y con tufo de rancia santidad; mi intención, a tenor de no caer en el anacronismo, hubiera sido burlarme de un régimen político basado en la coronación de seres parásitos cuyo único mérito es ser hijo o parientes de otros y ridiculizar la figura patética de un héroe beato, que no dudó en beneficiarse de su prima menor de edad— sólo me queda cerrar esta historia y desear por los siglos de los siglos que muchas rosas y libros llenen nuestras vidas.