lunes, junio 11, 2007

Trama 5 – Huida (1/2)

Pedro Paniagua, a sus 39 años, ni se había planteado una sola vez en su vida la remota posibilidad de marcharse del domicilio de sus padres: inconsciente y conscientemente, aquélla era su casa. Bien es verdad que al pasar las oposiciones de auxiliar en la Seguridad Social tenía cubiertas sus necesidades económicas básicas y contribuía al presupuesto familiar; pero no hubiera entendido su vida fuera de aquellas paredes que acogieron su infancia y su ahora prolongada adolescencia. Su aspecto jovial y sus rasgos casi infantiles lograban burlar su cabello ralo y aquellas llamativas entradas. La Sra. Buendía, apellido de soltera de su madre, todavía le lavaba el pelo a su hijo, le cortaba las uñas de las manos y de los pies, y se desvivía en la cocina por preparar los platos preferidos de su tierno retoño.

Pero, a su manera, era feliz. Con un subconsciente miedo enorme a la soledad, lideraba una crew de grafiteros que actuaba en el centro de la ciudad, disfrazado él de b-boy. Se había convertido en un consumado patinador en línea y especialmente con este hecho último lograba esconder su inseguridad, aparentando lo contrario. Luchaba, por lo menos en la forma, por ocultar a los otros la falta de confianza que depositaba en sí mismo, a la par que una autovaloración negativa. Sobre todo con su madre había creado una relación de dependencia en una búsqueda constante de obtener de ella la aprobación de todos sus actos. Pedro nunca quiso asumir responsabilidades: delegó en sus progenitores hasta que falleció su padre y fue la madre quien lo liberó de todo compromiso y deber sociales. En el fondo, Pedro cautivaba a los otros: chispeante, seductor —en primeros contactos—, conseguía eclipsar a los demás; hasta que éstos —al poco tiempo— descubrían en Pedro a un ser egocéntrico, inmaduro y profundamente insatisfecho. Resultaba difícil, salvo para su madre, convivir con aquel individuo que siempre culpaba a los demás de todo lo negativo que le sucedía. Nadie, excepto la abnegada mujer, soportaba a un individuo que, aparentemente arrogante, a la mínima, mostraba su verdadera condición de fragilidad y de sentirse incomprendido por la humanidad entera; siempre escudado en sus permanentes quejas de autocompasión.

De sus recuerdos infantiles, Pedro rescataba siempre en su memoria las veces que había jugado a pillar. El juego del “pilla-pilla” o del “corre-corre-que-te-pillo” se le quedó grabado en su mente: la sensación de ser perseguido para acabar ineludiblemente atrapado por la persona que pillaba. En esos momentos intentaba desesperadamente liberarse del perseguidor, aunque fuera recurriendo a la trampa de la lógica infantil:

—No, no se vale. Sólo con rozar no vale —si alguien en el patio del colegio lo tocaba.

O bien:

—Eh, que me has cogido muy fuerte. Que no vale —si alguien lo agarraba con fuerza, para no dejar dudas al fugaz roce, a modo del argumento de “no valen caquis” en los partidos de fútbol de mismo patio, a la misma hora del recreo.