Trama 9 – El desvalido (1/2)
Nos conocimos en la cafetería de un hospital. Mi madre estaba ingresada y me sentía frágil, porque su repentina enfermedad había supuesto, de entrada, que yo renunciase a mi beca de estudios en los EEUU; pero aún peores augurios se derivaban de mis conversaciones con los médicos, quienes no dejaban margen a la esperanza y prácticamente sentenciaron con su diagnóstico y experiencia una larga y dolorosa agonía que se cumpliría matemáticamente para aquella mujer relativamente joven todavía, pero sin ganas de luchar, después de la muerte de mi padre, que, paradójicamente había hecho un infierno de nuestra existencia.
El otro hombre, Carlos, estaba allí, delante de un café con leche de vaso. Solo, sin compañía, con cara de una tristeza desgarrada. La sensación de desconsuelo que me transmitía me hizo acercarme y ponerme a su lado. Hablamos no de su tío, también ingresado, sino sobre otra mujer, su ex mujer. Durante media hora me contó con pelos y señales cómo ella lo hirió y lo acabó abandonando sin piedad. En aquel momento, pensé, claro está: «Pobrecito, menuda mala pécora le ha tocado. María —es decir, yo— va a cuidar de ti». Supongo que en aquel momento, en que incluso llegué a observar sus ojos llenos de lágrimas que pugnaban por soltarse, sentí un cariño infinito por aquel ser que creía indefenso, sin salida. Era como si experimentara un reto, el de vengarme de aquella mujer que lo había maltratado, y el deseo inconsciente de ser madre. Centrada en mis estudios y en la investigación, mis 35 años parecían reclamarme más que a un hombre, que me hiciera feliz, a un padre de mi hijo. Como atraída por un imán, recuerdo un leve contacto de manos y un dulce beso en los labios.
Esa misma noche dormimos juntos y durante dos meses de loca pasión vivimos en mi piso. En lo profesional poco teníamos en común: él, con sus ventas de neumáticos, y yo, con la investigación biológica en la Universidad. No le conté nada a mamá, pero nos apoderamos de su habitación y cama de matrimonio. ¡Quedaba tan lejos la beca! Si logro abstraerme de la pena de observar el deterioro físico y mental de mi madre en el hospital, aquellos han sido los días más felices de mi vida. Pero todo tiene un final, y Carlos, como si sus palabras me asestaran terribles hachazos, me comunicó su decisión de intentar volver con Alicia, su ex mujer. En realidad, estaban sólo separados: nada de trámites de divorcio, como me había prometido. Yo recibí la noticia como si me desgarraran en pedazos. No podía entender cómo él, que me había confesado que nunca volvería a ver aquella “mala puta” (son palabras de Carlos), decidía de repente intentar una reconciliación. El muy cínico me habló de principios religiosos, porque, como católico, vivía atormentado por nuestra relación de pecado, aunque jurara que era una maravilla. Sentí un odio de muerte hacia ella y sufrí muchísimo con la partida de Carlos: creo que el peor dolor físico es más fácil de aguantar que aquella situación que tuve que pasarme solita. Mi autoestima era tan baja que me hubiera ofrecido como una cualquiera, como su amante de horas. Por eso, cuando él volvió conmigo, a los tres meses, la única cosa que sentí fue alivio, un alivio mayor que la reciente muerte de mi madre, que supuso el fin de un absurdo sufrimiento.
El otro hombre, Carlos, estaba allí, delante de un café con leche de vaso. Solo, sin compañía, con cara de una tristeza desgarrada. La sensación de desconsuelo que me transmitía me hizo acercarme y ponerme a su lado. Hablamos no de su tío, también ingresado, sino sobre otra mujer, su ex mujer. Durante media hora me contó con pelos y señales cómo ella lo hirió y lo acabó abandonando sin piedad. En aquel momento, pensé, claro está: «Pobrecito, menuda mala pécora le ha tocado. María —es decir, yo— va a cuidar de ti». Supongo que en aquel momento, en que incluso llegué a observar sus ojos llenos de lágrimas que pugnaban por soltarse, sentí un cariño infinito por aquel ser que creía indefenso, sin salida. Era como si experimentara un reto, el de vengarme de aquella mujer que lo había maltratado, y el deseo inconsciente de ser madre. Centrada en mis estudios y en la investigación, mis 35 años parecían reclamarme más que a un hombre, que me hiciera feliz, a un padre de mi hijo. Como atraída por un imán, recuerdo un leve contacto de manos y un dulce beso en los labios.
Esa misma noche dormimos juntos y durante dos meses de loca pasión vivimos en mi piso. En lo profesional poco teníamos en común: él, con sus ventas de neumáticos, y yo, con la investigación biológica en la Universidad. No le conté nada a mamá, pero nos apoderamos de su habitación y cama de matrimonio. ¡Quedaba tan lejos la beca! Si logro abstraerme de la pena de observar el deterioro físico y mental de mi madre en el hospital, aquellos han sido los días más felices de mi vida. Pero todo tiene un final, y Carlos, como si sus palabras me asestaran terribles hachazos, me comunicó su decisión de intentar volver con Alicia, su ex mujer. En realidad, estaban sólo separados: nada de trámites de divorcio, como me había prometido. Yo recibí la noticia como si me desgarraran en pedazos. No podía entender cómo él, que me había confesado que nunca volvería a ver aquella “mala puta” (son palabras de Carlos), decidía de repente intentar una reconciliación. El muy cínico me habló de principios religiosos, porque, como católico, vivía atormentado por nuestra relación de pecado, aunque jurara que era una maravilla. Sentí un odio de muerte hacia ella y sufrí muchísimo con la partida de Carlos: creo que el peor dolor físico es más fácil de aguantar que aquella situación que tuve que pasarme solita. Mi autoestima era tan baja que me hubiera ofrecido como una cualquiera, como su amante de horas. Por eso, cuando él volvió conmigo, a los tres meses, la única cosa que sentí fue alivio, un alivio mayor que la reciente muerte de mi madre, que supuso el fin de un absurdo sufrimiento.


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