Caída de héroe
Cuando decidí escribir este blog, me prometí que nunca iba hablar de política ni de fútbol. El tiempo demostró que la fuerza ilocutiva de esa promesa se reducía simplemente a una leve declaración de intenciones, porque, a la mínima de cambio, utilicé algún que otro post para caer en el pecado incluso de la crítica personal a algún político de carne y hueso.Como ven, lo del fútbol se me había resistido (o yo había resistido a la tentación); pero hoy “toca” que hablemos de fútbol. Me he atrevido con este tema, porque la lectura que ofrezco conlleva mucha carga literaria. Voy hablar hoy de la despedida de Zidane, en la final de la pasada Copa del Mundo. Parece osadía, porque el motivo último que me impulsa a abordar esta materia se basa en la reciente lectura del artículo “Un cuento para releer”, excelente, de Javier Marías, también en clave literaria. Si no recuerdo mal, la aportación de Manuel Rivas al tema tampoco me dejó indiferente, porque el defensa italiano Materazzi, quien sacó de sus casillas a Zidane, estaba emparentado con otro ilustre paisano suyo, Maquiavelo, y la interpretación adquiría los tonos de una ingeniosa lección de filosofía. Y yo soy de los que creen que Filosofía y Literatura son buenas amigas, y no sólo por la obra de El mundo de Sofía.
Bueno, a lo nuestro: al cabezazo, al testarazo, que propinó al vil (o astuto) Materazzi. Lo primero que me viene a la cabeza es el esquema clásico de tragedia griega. El héroe —dios, semidiós o mortal— “se pierde” porque cae en el peor de los pecados: “hibris”. Este exceso de orgullo, la desmesura, es el verdadero motor de la tragedia, porque es la marca de imperfección del héroe la que desencadena la trama. No estamos hablando de un “talón de Aquiles”, de un punto débil que hace vulnerable al héroe, a modo de “criptonita” de Superman. No, esta hybris, este exceso de orgullo y desmesura, es algo más consustancial al héroe y al sentimiento trágico. El mismo cabezazo, que minutos antes le podía haber encumbrando en la gloria si el cancerbero de la selección italiana no hubiera parado la pelota, en un trance del juego, sin balón, se convirtió en la absurda despedida de un futbolista que había conseguido el título de campeón del Mundo en su país, Francia, en 2000, y la Champions League, con su último equipo, el Real Madrid, en 2002.
La despedida del héroe Zidane es de tragedia griega y la tragedia es un excepcional género literario. Que me perdone quien sea, pero yo, que presencié (milagro de la técnica y de los derechos de televisión) el acto esperpénticamente cabruno y condenable que le supuso a Zidane la roja directa en el último partido de su carrera, pensé para mí en aquel momento e incluso verbalicé en voz alta. «¡Gilipollas!». Hoy sé que fui injusto. También mi comentario fue fruto de la irreflexión irracional. Con el acto de Zidane, regresó de su pedestal de los héroes del Olimpo. Se volvió más humano. Los héroes sin tara sólo producen insulsos argumentos. La grandeza de ellos estriba en lo que fueron y en dejarse perder en un segundo. ¡Menuda tragedia! El propio Aristóteles, que estudió mejor que nadie los esquemas narrativos de tragedia de Eurípides, propuso con perfección moral radicaba en el justo término medio. Pero un héroe equilibrado, que no pierda sus casillas, que no caiga en las garras de la hybris resulta un héroe de pacotilla, un personaje anodino y plano.
La literatura vive del exceso, de la contradicción.


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