Preguntas de insomnio
Leí (y escuché en un delicioso acento porteño) un cuento de Jorge Bucay, sobre el motivo por que a un elefante de circo lo consiguen mantener atado a una débil y corta estaca, a pesar de que por su fuerza podría evadirse fácilmente cuando quisiera. Éste es el tipo de preguntas, fútiles en apariencia, que quitan el sueño. El cuento era una disculpa para una (fácil) moraleja. El psicólogo gestaltista argentino explota la fórmula del cuento como terapia, en una línea de autoayuda que parece vender bien. El esquema o patrón narrativo lo reconozco vivo en la tradición literaria, concretamente en los cuentos del infante Don Juan Manuel (1282-1348), El conde Lucanor o Libro de Patronio (1335). En el cuento concreto, la figura de un joven paciente que necesita de los consejos del médico y psicoterapeuta argentino podrían corresponderse perfectamente al papel desempeñado por el conde Lucanor y de su ayo Patronio.
No voy a escribir otro cuento al respecto, pero sí que voy a hablar de una pregunta que logró machacar mi cabeza y me tuvo en vilo durante tiempo. Por mi edad, confieso que pasé un verano de mi vida asistiendo a un curso de mecanografía. Bajo un método conductista, con aspiración de enfoque científico, fue ganando velocidad con el teclado. Se hablaba de pulsaciones por minuto. No todo fue dinero malgastado, porque hoy en día, perdidas la velocidad o pulsaciones, aún conservo el hábito de teclear el ordenador con todos los dedos y me permite mirar directamente a la pantalla o al texto que esté copiando. Bueno, la pregunta metafísica, trascendente, que con alevosía y nocturnidad entró en mi cerebro (que nunca para de pensar) era la siguiente: ¿poseen los teclados QWERTY algún tipo de lógica? Llegué a pensar que quien inventase ese orden de las teclas no estaría pensando en castellano y así por ejemplo la B y la V están excesivamente juntas, con el problema adicional de que genere espontáneamente faltas de ortografía. Luego caí en la cuenta de que la A y la E también en inglés serían las letras más usadas y, sin embargo, las obtenemos con los dedos meñique y corazón respectivamente.
Después de mucho pensar (quizá me equivoque pero así lo creo), imagino que el verdadero motivo no es de índole científica sino mecánica. Pura mecánica. Las letras más paradójicamente usuales se obtienen con los dedos con menos fuerza. Nada incluso recuerda a un orden alfabético que hubiera facilitado la memorización de las posesiones. Sí, en efecto, las primeras máquinas de escribir se atascaban si los mecanógrafos tecleaban demasiado deprisa. Con el tiempo, algo pensado para reducir la velocidad acaba convirtiéndose en un sistema que permite gran velocidad y triunfa como estándar.
El elefante del cuento de Bucay no se escapa de su ridícula cadena, porque aprendió desde pequeño a vivir atado, aunque hubo un tiempo, cuando era bebé, que aquella estaca no era nada simbólica, una atadura de la cual era imposible liberarse. Lo mismo y lo contrario del hombre moderno que hizo de la atadura del teclado QWERTY una excusa para la superación: el digno y esforzado espíritu paraolímpico. O el tópico cervantino de El Quijote: «Sancho, vísteme despacio, que voy deprisa».


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