domingo, julio 30, 2006

Moderno amor ridículo

Ella sentía la emoción de haber dado el número de su móvil a un desconocido. El chico era atractivo y parecía diferente, esa conjunción de cuerpo bonito y cerebro sensible que venía buscando hace bastante tiempo. Los jóvenes tienen la dignidad voluntariosa de los grandes propósitos y desde la adolescencia hizo de su móvil un reducto de su más guardada intimidad. Nunca daría el número a ningún desconocido. Se sorprendió a sí misma, sin embargo, mientras enunciaba la secuencia de nueve dígitos para aquel extraño y aún más, asegurándose de que no habría ninguna posibilidad de error. Quince minutos justos venían a confirmarle que aquel muchacho podría ser el amor de su vida, son de esas intuiciones irracionales que acaban materializándose. Allí estaba. Sonaba el móvil. Entraba un mensaje. ¿Sería él? Sí, lo era.

En la pantalla aparecieron unos sucintos signos:

TQ 1B

Tradujo mentalmente a lenguaje natural y el enunciado «Te quiero: un beso» se le reprodujo de manera machacona. Una profunda desilusión se apoderó de ella. El problema era la brevedad. Ella ya percibió la intención de la frase, pero la concisión ingeniosa de esos cuatro caracteres mataba la poesía de lo que tendría que haber sido una sincera declaración de amor.

En el hervir de las ideas, se aferró a una pregunta como contestación y envió el siguiente mensaje SMS:

XQ?

Cuando el joven recibió esta respuesta, se dio cuenta que era incapaz de traducir, ni a palabras cuanto menos a signos para que cupiesen en la pantalla de un móvil, toda la intensidad de lo que le estaba viviendo y que le había impulsado a confesarle el amor que sentía por aquella desconocida. Decidió, por tanto, interrumpir lo absurdo de los mensajes, con la esperanza ciega de que algún día el destino lo pondría frente a ella y, con palabras y gestos, lograría él transmitir la pasión que ella le había despertado y el deseo de juntar sus vidas.

Las ciudades pueden ser pequeñas, como pañuelos, pero también inmensos desiertos de multitudes en donde es imposible encontrar lo que un día perdimos. No se volvieron a encontrar y allí mismo se truncó una bella historia de amor.


Post scriptum: Los escritores sabemos que no hay historia sin trama, y para que haya tramas no podemos romper las cadenas de “causalidad” (resulta patético confiar en la casualidad). Moraleja: por muy irracional que sea la existencia, intente llenar las incógnitas de los porqués.

2 Comments:

At 8:05 p. m., Anonymous Anónimo said...

En mi opinión los teléfonos móviles perjudican de cierta manera el léxico de una lengua, ya que caemos en la pereza de transmitirlas mediante acortamientos, quizás, dejando pa`tras su verdadera esencia y valor. Aún prefiero el viejo y buen texto escrito en una 'charta' (carta). Me parece más sincero y fiel.
Yussef Ayan

 
At 9:41 a. m., Blogger amoresbilingues said...

Totalmente de acuerdo. Pessoa (o uno de sus heterónimos) afirmó que "todas las cartas de amor son ridículas". Sin embargo, las características que hacen ridícula la epístola amorosa, como son el mayor cuidado en la expresión y que de alguna manera "quedan" para que el tiempo les pase factura, son preferibles a los teléfonos móviles, que sólo compiten con la carta en espontaneidad de inmediatez.

 

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