lunes, julio 24, 2006

Sobre machismo y feminismo (“En busca del fuego”)

Hace mucho tiempo que vi la película “En busca del fuego” (ver más información aquí). No me dejó indiferente. Para un eterno aspirante a lingüista llama la atención la creación del “idioma” de aquellos homínidos por parte del novelista y también lingüista Anthony Burguess. No pienso entrar en la polémica de los anacronismos o falsedades científicas, porque por muchas inexactitudes que nos hagan ver (y reconozco que las ciencias no son mi fuerte), la película es la mejor de las que se han rodado acerca del origen de la humanidad. La ficción de tres jóvenes guerreros encargados de la búsqueda del fuego para poder salvar a su tribu (que lo habían conservado hasta un desafortunado accidente, pero no sabían “crearlo”) nos lleva a una compleja trama de peligros en mundo hostil, que no imposibilita el contacto de “tribus”. Hay como en cualquier buena historia una bella historia de amor subyacente. Imaginémonos por un momento que en realidad se nos narre el enamoramiento de un Homo neandertalensis y una Homo sapiens (ya es mucha ficción, pues vivieron hace 400.000 años y no hace 80.000 años, como apunta al comienzo de la película). Pido perdón si estuviera equivocado, pero creo que nos encontramos ante especies distintas de la familia de los homínidos. Sería algo así como mezclar un caballo con una burra, ambos equinos. El resultado ya lo podemos imaginar: un ser estéril, como el mulo o mula (por ello, la palabra “mulato” o “mulata” guarda etimológicamente un feo prejuicio racista). Por ello, el origen de la humanidad no es el resultado de una fusión de “neardentales” y “sapiens”, sino una encarnizada lucha donde los segundos consiguieron la victoria por exterminio de los primeros, en el fondo, una transposición de la mayor fuerza contra la mayor inteligencia. El individuo macho de la tribu de los Ulam, en la busca del fuego, descubre en la joven de quien se enamora la sofisticación de una cultura más “evolucionada”. Entre los detalles que cualquiera puede percibir en la película está el que los Ulam sólo sabían “hacerlo” por detrás. Sí, créanselo o no, la llamada "postura del misionero" para el coito humano fue uno de los mayores avances en el refinamiento de la práctica sexual de la humanidad.

Aquí es donde surgió mi reflexión sobre el machismo y feminismo, y que en cierto modo conecta con mi post de anteayer. En la escuela nos machacaban con la oposición entre el Paleolítico y el Neolítico, entre una cultura de recolección frente a una de siembra. Caza frente a Agricultura (fíjense que en “agricultura” ya encontramos “cultura”). Pues bien, en el Paleolítico encontramos “matriarcados” y los “patriarcados” serían una “conquista” de la humanidad del estadio posterior. Imagino que en el Paleolítico la maternidad constituyó casi un elemento mágico, la mujer era un ser con capacidad de crear vida y el nuevo ser era el mayor patrinomio, el único, ya que garantizaba la perpetuación de la especie. Con el Neolítico, surge el verdadero “patrinomio” (de pater) y lo importante para la mujer es el “matrimonio” (de mater, aunque esta salvaguarda para la mujer se basa en la mayor o menor “dote” aportada). En una cultura agrícola lo importante es la semilla. La tierra tiene que ser fértil, regada y abonada con estiércol, lo que la sociedad desecha. Semilla en latín en “semen”. Para la mentalidad machista —la de un minifundista o de un terrateniente— lo importante es la semilla, el falo que rotura, y la mujer pasa a ser simple receptáculo. Tener hijos, especialmente varones, es la oportunidad de ampliar patrimonio: acumular riqueza. En parte, en los tiempos paleolíticos no habría una seria relación casual entre la cópula y la gestación y nacimiento de un ser humano; también es cierto, que la posibilidad de copular era exclusividad del macho más fuerte, como vemos en otros animales gregarios.

Creo que la ciencia nos ayuda a una concepción más igualitaria del sexo, por aquello de que el código genético del nuevo ser es el 50% de sus respectivos progenitores: hombre y mujer. El sexo genético de los humanos depende en último término del varón porque aportará X o Y, pero esto no nos ha de fundamentar preeminencias de uno u otro sexo. En contra podemos apuntar que un único óvulo fecundado ha podido dejar atrás millares de espermatozoides que no lograron su cometido. Muchas mujeres sienten la gestación como una verdadera rémora y viven el parto como un trauma físico y psicológico, pero la magia de desarrollar una vida en sus entrañar hasta el momento de dar a luz es algo que sólo a ellas les está reservado.