jueves, julio 13, 2006

Hasta que la muerte nos separe (1/2)

Al amigo José Luis Guerrero, excelente contador de historias y que también querría “vivir del cuento”



Apenas se conocieron, una irrefrenable pasión brotó entre ambos. Se casaron. Sin embargo, al poco tiempo, la pequeña duda, como agua fría, planeó en el ardiente fuego que los iba consumiendo.

—Júrame que me querrás siempre —irrumpió él de pronto.
—Hasta que la muerte nos separe… —respondía ella, como absorta y pensando en otra cosa, para intentar conjurar, con un leve toque de ironía, la rotundidad de aquel “siempre”, que se le hacía entonces demasiado eterno.
—Este amor nuestro no lo separa ni la muerte —sentenció él, con una seguridad que daba miedo.

Luego fueron descubriendo las diferencias. Ella adoraba el té y él no podía pasar sin sus varias tazas de café al día. Él resultaba hasta maniático con su obsesión de cerrar los tubos de las pastas de dientes y el orden alfabético de los CD. Ella no le soportaba que él no cerrase la taza del wáter y el desorden de los cajones.

Con la conciencias de estas divergencias domésticas, él fue desarrollando una coraza de desencanto; mientras que ella se acostumbraba a aquel hombre de tal manera que su mundo se iba reduciendo al espacio de su pareja. Aceptó con resignación fervorosa que ella era suya, de él, que la vida ya no tendría sentido si no era entre aquellos brazos y inspirando el aire que él expirara.

Un día él quiso probar el amor de aquella mujer y dar un sentido a su vida:

—Vamos a amarnos siempre y vamos a vencer a la muerte. Quiero morir contigo.

La mujer, obsesionada con la idea de inmortalizar tanta felicidad, acabó aceptando y propuso morir envenenados mientras tomaban la taza de café y la taza de té, ritual de cada tarde. Como nieto de los más famosos fitoterapeutas de la ciudad, conseguir cianuro en las dosis suficientes para llevarlos juntos a la inmortalidad era de lo más fácil, con la excusa de una cataplasma para una disfunción hepática. El problema surgió cuando en la cocina tuvo que verte el veneno en las tazas, mientras ella aguardaba ansiosa en la salita de estar. Tuvo un acceso de duda y la cabeza le dio vueltas, mientras depositaba los polvos letales solamente en el té de su esposa.

Ella, con muestra de excitación, propuso:

—Quiero hoy beber tu café para sentir en el más allá el sabor de tus labios y de tu boca.

Y él se bebió todo el té.

2 Comments:

At 8:21 a. m., Anonymous Anónimo said...

Olê! Viva o tema dos casamentos perfeitos!

 
At 12:09 p. m., Blogger Jose Luis said...

Gracias, por este otro cuento... espero poderlo contar un día y que usted lo oiga

 

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