
Cuando era “persona” resultaba terriblemente anónimo: existía, pero su existencia se reducía a un restricto número de familiares y amigos, de existencia tan anónima como la suya. Todo fue aceptar el papel de malvado antagonista en una exitosa serie de televisión y su vida cambió: su popularidad era tal que su presencia pública a nadie pasaba desapercibida. Por ello, cuando un día un telespectador quiso tomarse la justicia por su mano y empezó a propinarle puñetazos, no supo reaccionar. Olvidaba que un día fue persona y aceptó aquellos golpes a plena luz del día como merecidos para su nueva personalidad, aunque él jamás va a tener conciencia —ni con apoyo psicológico y psiquiátrico— de que esa (nueva) personalidad es falsa.
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